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  • Marifer Calderón

Gritos y sombrerazos

Actualizado: 10 oct

Con frecuencia, mamás y papás se quejan de que sus hijos no les hacen caso y ya están cansados de que en casa viven con gritos y sombrerazos. ¿Qué puede estar fallando?

Uno de los principales errores que comentemos los padres, es pensar que los hijos nos tienen que hacer caso de manera automática por el simple hecho de ser su mamá o su papá. Un niño no desea cumplir con la voluntad de cualquiera, quiere agradarle a las personas que le caen bien, a quienes le hacen sentir cómodo, a quien admiran y respetan. Por eso, es importante que se vincule a ti de manera adecuada, como dice el Dr. Gordon Neufeld, el vínculo es el contexto natural para educar y criar a los hijos.


Otra equivocación frecuente es, alarmar a los hijos en exceso. De manera intuitiva, sabemos que si alarmamos a un niño, se va a mover a la precaución. Utilizamos diferentes formas de alarmar: gritar - ¡Cuidado! -, amenazar - Si no comes no puedes usar el iPad - , hacer gestos… y esto es natural, tratamos de meterles un poquito de miedo para que reaccionen. El problema es cuando alarmamos con frecuencia. Un sistema de alarma sobrecargado, se descompone, ya no funciona cuando debe funcionar y el niño no sabrá cuándo es necesario moverse a la precaución. Es mejor dejar los gritos para las cosas importantes, y en lugar de amenazar, permitir que se experimenten las consecuencias naturales.


Ese es otro malentendido, a la hora de educar, “sentimos feo” que el niño viva las consecuencias, queremos evitarles el dolor y la tristeza, no nos damos cuenta de que llorar es un proceso natural que le permitirá desarrollar la resiliencia necesario para poder sobreponerse a situaciones difíciles y desarrollar los recursos que se requieren para adaptarse a ellas. Los niños necesitan sentir la frustración que surge en ellos cuando las cosas no funcionan como lo esperan, sentir esa frustración y llorarla, transformarla a tristeza y decepción. Esas lágrimas son las que le permitirán un proceso natural de adaptación. Pero esto requiere tiempo, además de un espacio seguro para llorar, un adulto que tenga la suficiente ternura y firmeza para mantenerse en el límite, y la suficiente empatía y calidez para invitarlo a llorar. Pero si nos aferramos a que experimente las consecuencias desde una posición de poder, en donde nos mostramos rígidos e intolerantes, es probable que las lágrimas no sean verdaderas, es decir, si es que aparecen, serán lágrimas de frustración que podrían viciarse y transformarse en energía de ataque. Los adultos sentimos esto como un reto, y ejercemos más presión sobre el niño, lo castigamos y no sólo lo frustramos más, sino que además dañamos nuestra relación, dejamos de ser seguros y confiables para él/ella y estarán menos receptivos a nuestras peticiones, menos dispuestos a querer complacernos.

Para dejar de vivir entre gritos y sombrerazos, necesitamos entender que la crianza no se trata de controlar la conducta de los hijos, se trata de inspirarlos, hacerles sentir que son amados y tomados en cuenta. Es necesario modelarles conductas adecuadas que ellos quieran imitar. Se trata de entenderlos y conocerlos.

La “buena conducta” es un fruto de la madurez, los niños, por naturaleza, son inmaduros, los adolescentes tampoco han terminado de madurar. Los adultos necesitamos “comprar tiempo”, mientras ellos maduran, nos corresponde estructurar su ambiente, poner orden en donde ellos no lo encuentran, ofrecerles guiones de conductas aceptables, asegurarles que cuando ellos pierden la calma nosotros podemos mantenerla porque lo más importante siempre es su bienestar.


* Si quieres entender cómo funciona la disciplina, pregunta por el curso Entendiendo la Disciplina, del Dr. Gordon Neufeld.


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