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  • Marifer Calderón

Mamás, papás y adolescentes frente al consumo de alcohol.

Los adolescentes por naturaleza están en búsqueda de autonomía. No es que quieran separarse de sus padres, simplemente creen que ya no los necesitan tanto, o los tienen tan seguros que saben que ahí van a estar. Buscando convertirse en una persona independiente, se cuestionan quiénes son, reflexionan sobre el mundo que les rodea, sobre ideas y pensamientos - propios y ajenos -, quieren vivir experiencia, tomar decisiones, poner en práctica sus juicios y valores, así empiezan a probar límites y a tomar riesgos.


Uno de los riesgos a los que se enfrentan en esta etapa es: el consumo de alcohol y, curiosamente como sociedad, es algo que hemos normalizado. Tomamos una copa para relajarnos, brindamos para celebrar un evento importante, bebemos para mitigar un dolor, “nos echamos unos tragos” para compartir momentos con los amigos… Llegamos a justificar su consumo como uso medicinal argumentando que ciertas bebidas favorecen al sistema inmunológico, digestivo o circulatorio. Por la razón que sea, el consumo de alcohol es parte de la vida cotidiana. Y probablemente sí, el alcohol no hace daño, pero su uso excesivo sí.

Tomar en exceso puede definirse como beber por encima del nivel recomendado o consumir grandes cantidades de alcohol en un período corto. Los jóvenes beben en exceso, buscan emborracharse, ni siquiera utilizan mezcladores, toman directamente de la botella, se “echan un shot tras otro” sin darse cuenta de que al hacerlo se están intoxicando.


Con frecuencia escucho a mamás y papás decir cosas como: Todos lo hemos hecho. Es normal, tienen que aprender. Así son los chavos. Si van a beber afuera, prefiero que aprendan en casa. Que no lo hagan a escondidas, mejor saber que lo hacen. He participado en absurdos debates en donde argumentan que hay muchas otras cosas que consumimos y hacen más daño pero no se prohiben, como son el consumo de carbohidratos, sal o harinas. Sin duda, todo en exceso hace daño, pero yo no conozco una sola familia que se haya destruido porque alguno de sus miembros consume azúcar en exceso; no he escuchado de algún negocio que haya sido descuidado porque el director era adicto al pan dulce; tampoco he sabido de accidentes viales o violencia callejera provocada por un alto consumo de sal.


El alcohol sí tiene efectos importantes en la conducta y daña no sólo a quien bebe sino también a quienes están a su alrededor. Es una substancia que no sólo afecta al organismo, también altera al estado de ánimo, las percepciones, la conducta, el movimiento, el pensamiento, la memoria, las relaciones ínter e interpersonales. Puede llevar a problemas académicos, legales y/o sexuales. Al consumirlo, se absorbe por el torrente sanguíneo afectando al sistema nervioso central - cerebro y médula espinal - que controla prácticamente todas las funciones del cuerpo; el cerebro alcanza su madurez aproximadamente a los 24 años de edad por lo que su consumo temprano puede mermar su desarrollo y hoy los adolescentes están empezando a beber desde los 13 o 14 años, si no es que antes.


Cuando el sistema nervioso central está intoxicado, las respuestas ante los estímulos no serán las mismas que estando sobrios y en alerta, la atención y los reflejos disminuyen, se pierde el equilibrio, se ven afectados el juicio y la toma de decisiones… sin duda, nuestros hijos - hombres y mujeres -, se ponen en riesgo con mayor facilidad al consumir alcohol.


Un instinto natural de los padres, debería ser cuidar a los hijos, no exponerlos al peligro. ¿Por qué permitimos que tomen alcohol en edad temprana? Entiendo que lo prohibido puede despertar mayor interés, o bien, si no lo permitimos, orillamos a que los hijos nos oculten lo que hacen o nos mientan. No se trata de prohibir el consumo de alcohol, pero sí de informarnos e informarles sobre sus efectos y posibles consecuencias.


Los padres seguimos siendo responsables de los adolescentes, quienes no son niños, pero tampoco adultos. Nuestra parentalidad se va modificando, ya no podemos - ni debemos - controlarlos, pero seguimos teniendo una importante tarea: contenerlos y guiarlos en un mundo de confusión y turbulencia emocional y cognitiva. Nuestra guía tiene que ver más con acompañarlos a poner orden en su pensamiento, ayudarlos a darle forma a sus ideas, invitarlos a reflexionar para que aprendan a tomar decisiones y permitir que experimenten sus consecuencias, siempre y cuando no se pongan en peligro.


Es difícil saber en qué momento soltar a los hijos, y en realidad, no deberíamos de hacerlo, al contrario, hay que sostenerlos para que se sientan seguros y encuentren en nosotros un refugio al que puedan regresar cuando se sientan abrumados y necesiten descansar. Los padres deberíamos seguir siendo su modelo de referencia y transmisores de valores. Pero para poder llegar a esto hay un trabajo previo: construir relaciones adecuadas en donde nuestros hijos se sientan cercanos a nosotros, que nos admiren y respeten lo suficiente como para estar dispuestos a escucharnos. También los adolescentes nos observan y de lo que ven y escuchan van construyendo sus creencias y patrones de conducta.


Los adolescentes van a salir de casa, van a estar cerca del alcohol, y ellos son quienes decidirán si lo toman o no, cuánto toman y cómo lo toman. Utiliza tu relación para ser una influencia positiva, invítalo a reflexionar sobre situaciones de riesgo (vean películas, lean noticias, compartan anécdotas), transmítele la importancia del auto-respeto, de cuidar y mantener su integridad a salvo (el alcohol puede ayudarlo a sentirse relajado, pero también lo vuelve vulnerable), hazlo consciente sobre la importancia de elegir el ambiente en el que quiere crecer. Que busque amigos con los que se sienta bien, que no lo presionen a hacer cosas con las que se pueda sentir incómodo. Y sobre todo, modela con tu ejemplo, no olvides que tú eres el adulto, necesitas ser congruente con lo que piensas, lo que dices y lo que haces. ¿Cuál es tu postura frente al consumo de alcohol?



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